El intelectual no debe ser un lacayo o “cabrón” del poder

Por Agapito Garrido C. 

En estos esbozos, Luis Montes hace una distinción entre el concepto gramsciano de intelectual, quien para él es un verdadero lacayo de un partido o de una ideología para imponer una posición política, versus el concepto de intelectual crítico frente a la realidad, destinado a caerle a martillazos a las realidades políticas, sin importar quienes son los sujetos que están detrás de esas realidades. Visto así, un intelectual debe ser un anti-poder. 

Tan distante esta visión de muchos intelectuales que se convierten en “cabrones”, o del gobierno, o de Guaidó, o de cualquier otra posición política, sin importar las posiciones que asuman los sujetos a quienes defienden a capa y escapa sin importar lo que digan o hagan. Pueden ser llamados también “los arrastrados”. Ustedes los conocen, no necesitan presentación. 

Finalmente, Luis Montes trae a colación una cita de  Gianfranco Pasquino, que toman de su libro, “La democracia exigente”, FCE, 1999, p. 77. 

Por Luis Montes: “Evidentemente, esta concepción del intelectual es diametralmente opuesta a la idea gramsciana de “intelectual orgánico“: el “intelectual orgánico” está al servicio de un partido y responde al dogma ideológico”, con miras de lograr, a través de la propaganda (“guerrilla comunicacional”) y el adoctrinamiento, la hegemonía. El concepto gramsciano de hegemonía es totalitario, porque niega el pluralismo político y se propone imponer una visión particular del mundo acallando la disidencia.. El comportamiento del intelectual democrático se rige por la crítica. Crítica avalada por una aproximación científica a la realidad y un conocimiento práctico validado por la experiencia. Desde luego, en democracia se requieren los consensos. Pero éstos se dan gracias a un proceso de deliberación donde se demuestra (no se impone), que una propuesta es la más conveniente en un momento determinado para la sociedad en general. Naturalmente, el ideologismo no es exclusivo de la extrema izquierda,  habrá oposiciones también ideológicas desde la llamada derecha. Lo demuestra la embestida del trumpismo al “obamacare”, o la negación del cambio climático. Como bien advierte Pasquino la actitud crítica no es exclusiva de los intelectuales, sino también de una ciudadanía dispuesta a dotarse de los conocimientos necesarios para actuar responsablemente: saber de economía, manejar estadísticas, saber en qué consiste la democracia representativa y pluralista, entender que los problemas políticos por lo regular no tienen soluciones fáciles, que el camino del infierno está empedrado de buenos propósitos. En general, tener una “actitud científica”, en relación a la política.

Gianfranco Pasquino: “La tarea del intelectual no consiste en hablar en nombre del poder político ni, mucho menos, a favor del poder político. Consiste más bien en hablar al poder político con explícita franqueza y en saber contradecirlo, si es necesario abiertamente, haciendo referencia a sus competencias y a sus principios. Como ha escrito eficazmente Michael Walzer, el intelectual ‘habla en voz alta a despecho de los poderes constituidos’. Así pues, concretamente, mucho más allá de la competencia específica que podrá caracterizar a una élite intelectual tecnocrática, actitudes de duda, de investigación, de crítica y hasta de intransigencia representan un patrimonio no solo para los intelectuales y políticos, sino para cualquiera comunidad política”. 

 

Gianfranco Pasquino, La democracia exigente, FCE, 1999, p. 77


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