Arlán A. Narváez-Vaz R: No soy Guaicaipuro

Por Arlán A. Narváez-Vaz R. (*)

 

Tuvimos otro 12 de octubre con abundante condimento de demagogia, hipocresía e ignorancia. En estos últimos 20 años nos han acostumbrado a ello, porque hemos visto cambiar la denominación de “descubrimiento” y de “encuentro de dos mundos”, hasta instaurar en el discurso oficial, con pretendido orgullo, la denominación de “resistencia indígena”.

A los demagogos del mundo les encanta regodearse con supuestas posiciones de apoyo a los grupos o minorías tradicionalmente “sometidos”, como las mujeres, los negros o morenos, los indígenas, los LGBTI, etc. Es así que presentan como una gran reivindicación ridiculeces inútiles como, por ejemplo, diferenciar entre trabajadores y trabajadoras, soldados y soldadas, funcionarios y funcionarias y la infinidad de diferenciaciones que abultan las leyes y los discursos (¿las discursas si lo pronuncian las mujeres?).

En el caso de los negros o morenos, denominación que en Venezuela solía tener una connotación de cariño (“la Negra Matea”, “Ese es mi negro”, “qué negra tan guapachosa”, “mi negrito”, etc), la ridiculez es peor porque se convierte en ofensa; copiándose de lo que hacen en “el imperio” usan e impusieron aquí la denominación de “afrovenezolano”, que agravia a las personas de piel oscura robándoles la posibilidad de ser totalmente venezolanos, ahora permanentemente se les recuerda con ese abominable término que tuvieron un origen africano. Ya he escrito en varias ocasiones  sobre la odiosa discriminación que implica que a personas de otro color de piel no los llaman “eurovenezolanos” o “asiáticovenezolanos”, implicando que ellos si son completamente venezolanos. Mi papá, en situaciones semejantes decía algo que aquí aplica a la perfección: “quisieron hacer una gracia y les salió una morisqueta”.

La ridiculez de este año, cambiarle el nombre a la autopista Francisco Fajardo para que se llame Cacique Guaicaipuro, excede las dosis de lo dicho al principio, demagogia, hipocresía e ignorancia.

Demagogia para con nuestros pueblos indígenas pretendiendo ganar su simpatía y adhesión con esas declaraciones altisonantes acerca de los excesos contra los pueblos originarios, “víctimas de poderes imperiales que los invadieron”, omitiendo que hoy en día siguen sufriendo invasión y agresiones. Algo tan necio como el cambio de nombre de la autopista no borra ni compensa los graves atropellos que actualmente se cometen contra ellos como, por ejemplo, dejarlos sin diputados por el Estado Amazonas en la vigente Asamblea Nacional o, muchísimo peor aún, entregar “por 30 monedas”, sin consultarles si quiera, “sus tierras y recursos” ancestrales en lo que se ha dado a llamar Arco Minero del Orinoco, o las masacres que han sido denunciadas, cuando no ocultadas, contra comunidades pemones, yanomamis o goajiras (este mismo año 2020, la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos denunció graves abusos y violencia en el Arco Minero, con un saldo no menor de 149 muertos desde 2016). Sin lugar a dudas esta breve relación de hechos contra los pueblos indígenas son palmaria demostración de la hipocresía del discurso oficial… si a los conquistadores y a los colonizadores los catalogan de invasores y genocidas ¿por qué no han enmendado tal invasión devolviéndole a los indígenas plena soberanía sobre Venezuela o, al menos, de sus territorios?, ¿por qué no pidieron la autorización de los pueblos indígenas para explotar los recursos minerales y forestales en “sus tierras”? ¿acaso entonces, según su razonamiento, no seguimos perpetuando tal invasión y los abusos de nuestra civilización sobre la de ellos? A mi en lo particular me resulta indignante el descaro, la demagogia y la hipocresía de ponerle el nombre de Guaicaipuro a la autopista mientras continúa el ecocidio y explotación indiscriminada de recursos en “sus tierras” del Arco Minero.

En cuanto a la ignorancia e inversión de valores que representa la añagaza de ese cambio de nombre, si se va a hablar de genocidas habría que empezar por Guaicaipuro y su etnia Caribe, guerreros agresivos que atacaban a cuanto se moviera en dos o en cuatro patas bajo la creencia de su grito de guerra “Ana Karina Rote”, vale decir “Solo nosotros somos gente”, que no tiene nada de heroico ni de “resistencia indígena” sino que es un antecedente autóctono de la supremacía de la raza aria, creencia por la cual Hitler exterminó más de 6 millones de personas “inferiores” que “no merecían vivir”. Guaicaipuro y sus supuestos angelitos masacraban y tenían azotadas a todas las etnias que no fueran ellos. Es una soberana necedad querer presentarlos como tempranos luchadores contra “invasiones imperiales”, primeramente porque su conducta agresiva la desplegaban contra las otras etnias desde mucho antes de la llegada de los españoles, y luego porque, en la precariedad de su civilización, no cabía la idea de imperios y menos aún de de existencia de un mundo exterior, ni de civilizaciones más allá de sus predios. Así, quienes creemos en la igualdad de todos los seres humanos no podemos identificarnos con gente que estaba convencida que quienes fueran diferentes a ellos no merecían vivir.

Demuestra también morrocotuda ignorancia olvidar que Francisco Fajardo, uno de los primeros exponentes del mestizaje que identifica a la inmensa mayoría de los venezolanos, era hijo de la Cacica Isabel, de la etnia Guaiquerí, prima hermana del cacique Naiguatá y nieta del cacique Charaima, todos ellos tan indígenas como Guaicaipuro y los caribes, pero cuyas civilizaciones no eran agresivas y eran víctima de aquellos. Me pregunto si por ensalzar la agresividad de los caribes admirarían también que pemones, yanomamis y otras etnias actuales se levanten en guerra contra el régimen que ha autorizado a invadir y depredar sus territorios y recursos. Menos mal que son pueblos pacíficos y no agresivos como los que ellos elogian, aunque merecen una dosis de sus hipócritas creencias.

Guaicaipuro

Es ignorancia pensar que a Guaicaipuro y sus guerreros lo derrotaron y sometieron un puñado de conquistadores españoles, la verdad es que a estos se unieron miles de indígenas de etnias que por mucho tiempo fueron víctimas de los caribes: Arawakos, Jiraharas, Guaiqueríes, quienes vieron la oportunidad de librarse de esos genocidas y nazistas autóctonos ancestrales.

Por último, bien vale comparar los legados de Guaicaipuro y de Francisco Fajardo; el del primero es inexistente, salvo por cuando dirigentes políticos demagogos e hipócritas insultan a nuestros pueblos indígenas endilgándoles que ellos son como Guaicaipuro. Francisco Fajardo, en cambio, con su 50 % de sangre indígena, nos legó su contribución a la fundación de varios pueblos de Venezuela y fundó El Collado (hoy Caraballeda) y el antecedente de lo que poco después sería nuestra ciudad capital, Santiago de León de Caracas (empresas en que lo acompañó Don Luis de Narváez, de quien al decir de mi abuela desciende mi familia). Comparado con Fajardo y sus aportes para la construcción de Venezuela, Guaicaipuro representa la barbarie y la destrucción, por lo que es imagen apropiada de estos últimos 20 años.

En fin, en balance, por mucho que le cambien el nombre a la autopista, definitivamente los venezolanos podemos decir con orgullo y certeza: ¡yo no soy Guaicapuro, yo soy Fajardo! ¡Cosas veredes, Sancho!

 

(*) Profesor UCV / [email protected]


Loading Facebook Comments ...