Isaac Asimov (Petróvichi, 1920 – Nueva York, 1992) era accesible y confiado. Su número estaba en el listín telefónico de Manhattan, y él mismo contestó a mi llamada; aceptó concederme una entrevista, y tras confirmarle que yo haría también las fotos, sólo exigió que no se fumara en su apartamento. En ningún momento del encuentro pidió ver una acreditación de que yo fuera quien decía ser: una periodista en ese momento freelance en viaje profesional por Estados Unidos. Días más tarde me invitó a una conferencia que ofreció en el Lincoln Center, donde bromeó sobre la prevención de su primera mujer respecto a extraer recursos de la luna, que rompería su encanto, a lo que él apuntó que siempre podrían extraer esos recursos del lado oscuro, de forma que no se mancillara nuestra idealizada visión del satélite. Hoy habría comprobado que China ha colocado un artefacto precisamente en ese lado oscuro. Fue un hombre brillante, con sentido del humor, sencillo y generoso. Mi eterno agradecimiento.

Los seguidores de Asimov conocen detalladamente sus primeras andaduras por medio de las introducciones de sus obras. En ellas nos enteramos de que leyó su primer relato de ciencia ficción a los 9 años, y lo consiguió en la tienda de dulces que su padre, judío ruso emigrado a Estados Unidos cuando Asimov contaba 3 años, tenía en Brooklyn. Asimov, 58 años, pelo canoso y rizado por encima del cuello, de largas patillas y corta estatura, me recibe en su apartamento, frente a Central Park, en Nueva York. Allí, entre blancas paredes, muy próximos a su máquina de escribir, charlamos; comenzamos por sus novedades literarias.

«He escrito el primer volumen de mi autobiografía en 645.000 palabras donde explico lo que ha sido mi vida, tanto literaria como privada. Tan solo he omitido los aspectos sexuales porque no quiero que otras personas se vean envueltas», explica. Doctor en Bioquímica, renunció a seguir enseñando en la Universidad de Boston para dedicarse exclusivamente a escribir.

Pregunta. La ciencia ficción está, en general, considerada como género menor. ¿Qué piensa usted?

Respuesta. No sé cómo será en España, pero últimamente eso está cambiando aquí, en Estados Unidos. El número de revistas y novelas de ciencia ficción está aumentando, de hecho, es un tema de moda en las películas, la televisión… Por ejemplo, ahora se va a llevar al cine una de mis novelas más recientes, El hombre bicentenario. Bueno, lo que quiero decir es que ahora que ya soy un viejo y he estado escribiendo durante los últimos cuarenta años, de pronto todo se convierte en algo excitante. Pero esto es, en definitiva, la muestra de que el interés por la ciencia ficción está aumentando.

P. Ahora que hemos hablado de este tipo de películas, ¿qué opina usted del tratamiento cinematográfico que se ha dado a La Guerra de las GalaxiasEncuentros en la tercera fase o 2001?

R. Bueno, con La Guerra de las Galaxias disfruté porque, aunque no es muy profunda, creo que está bien. Encuentros, por el contrario es terrible, no me gustó nada, es ruidosa, mística y no tiene sentido. 2001 es enormemente lógica, pero muy lenta para mí.

En 1966, Asimov ganó por su trilogía Fundación el Premio Hugo de ciencia ficción, que además se otorgaba por primera y única vez con la categoría de “la mejor serie de ciencia ficción de todos los tiempos”. Autores del género tan destacados como Tolkien, que presentaba El Señor de los Anillos, quedaron derrotados.

ROBOTS, NUESTROS AMIGOS

Asimov estableció en 1940 tres «leyes robóticas»: 1) Un robot no puede dañar a un ser humano o no actuar en su defensa cuando el ser humano corra peligro; 2) Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, excepto cuando dichas órdenes entren en conflicto con la primera ley; 3) Un robot debe proteger su propia existencia en tanto dicha protección no entre en conflicto con la primera o la segunda ley. ¿Continuarán hoy vigentes?

R. Oh, sí, mi cuento más reciente, y el mejor en mi opinión, El hombre bicentenario, empieza con las tres leyes. En los últimos años, cada vez que empiezo una historia lo hago con las tres leyes.

P. Teniendo en cuenta sus tres leyes, ¿cree que deberíamos usar robots?

R. Yo no sé si se harán, pero si se construyen, yo estoy a favor de su utilización, siempre que las máquinas pudieran ser usadas como amigas.

P. Se muestra optimista, ¿cree en la posibilidad de que la humanidad no se autodestruya?

R. En mis ficciones soy optimista, pero en mis no ficciones soy muy pesimista. Creo que las posibilidades de no autodestruirnos son pocas. Según lo que leo en los periódicos por la mañana, estoy más o menos optimista, pero observo que las distintas naciones tienden más y más a preocuparse sólo de sí mismas, luchan unas contra otras y no les importa provocar destrucción. Esto es muy descorazonador.

Asimov se preocupa también por la superpoblación, y considera que los ideales que persigue el movimiento feminista, aparte de ser justos, constituyen la única posibilidad de supervivencia porque las mujeres, con una adecuada formación en todos los terrenos, participarán más en la vida social y laboral y tendrán menos hijos.

R. Cuanto más aumente la población, tendremos más problemas respecto a los recursos de la tierra, y pondremos en peligro distintas especies. Pero la abstención no es la solución. ¿Quién quiere renunciar al sexo? La sociedad debería contar con una educación sexual que permita a los individuos separar el sexo y la concepción.

P. Ha escrito hasta ahora casi doscientos libros, y dijo hace algún tiempo que había publicado unos dos millones de palabras de ciencia ficción y medio millón de no ficción.

R. Sí, pero eso ha cambiado. Ahora estimo que habré publicado unos tres millones de palabras de ciencia ficción, y quizá once millones de no ficción. Respecto a mi producción, voy a sacar un libro que se titulará Opus doscientos y que, al igual que en Opus cien, publicado en octubre de 1969, contendrá una selección de mis doscientos libros.

NI KARL MARX NI ADAM SMITH

P. Usted escribió La vía marciana durante la época de McCarthy; ¿aquella obra fue una forma de tomar una postura política?

R. Exacto. Yo hice mi “personaje malvado” muy próximo a McCarthy, o al menos esa era mi impresión; pero desgraciadamente, nadie pareció darse cuenta. Eso hirió mis sentimientos, porque creí que quizá yo no era un buen escritor o que en ciencia ficción a nadie le preocupaba lo que yo dijera.

Asimov se ríe a carcajadas, sin creerse lo que él mismo acaba de decir. Las especulaciones científicas contenidas en sus obras, tanto en las de ficción como en las que no lo son, le han hecho acreedor de un respeto hacia sus teorías. Un respeto que se refleja en constantes invitaciones para que dé charlas y participe en mesas y actos que reúnen a conocidos científicos. Sus libros han sido objeto de análisis, y en uno de estos análisis se vino a decir que el contenido de su obra podía identificarse como marxista.

«Yo nunca leí a Marx, nunca leí El capital, pero tampoco leí nunca a Adam Smith. La verdad es que no me interesa la economía. Mi ficción puede interpretarse como uno quiera. Algunos de mis libros están traducidos al ruso y en las introducciones se me considera un escritor progresista, por eso pueden entender que no soy un escritor antisoviético. Y no lo soy porque yo nací en la Unión Soviética, pero, por otra parte, no creo que se me pueda llamar marxista», defiende. «De hecho, mi trilogía Fundación es todo lo contrario porque el universo que yo describo es medieval, con nobles, reyes, dictaduras fascistas… Y la razón por la que escribí esa obra es porque estaba leyendo Decadencia y caída del Imperio romano. Pero mis cuentos no tienen por qué reflejar mi punto de vista, yo no tomo una postura en esos casos».

Escritorio y máquina de escribir de Asimov

P. Sí, pero usted dijo que no se debe evitar que el pasado de uno mismo intervenga en lo que se escribe.

R. Sí, eso es cierto. Es fácil comprender parte de mi obra, supongo, por el hecho de que soy judío y pasé mi adolescencia y primera juventud en la época de Hitler. No puedo evitar que mis libros sean antirracistas. Desconfío de cualquier creencia donde se trate de establecer que una persona es mejor que otra. Mis historias son, habitualmente, muy intelectuales, es decir: los héroes que yo describo no lo son porque sean más rápidos disparando, sino porque pueden pensar más inteligentemente y, una vez más, ahí estoy yo. Si tuviera que ganar peleando o disparando, perdería, de forma que estoy a favor de las victorias que son posibles para mí.

EXTRATERRESTRES SÍ, PERO NO ENCUENTROS

P. Y, hablando de inteligencia, ¿qué porcentaje de nuestro cerebro utilizamos?

R. Bueno, es una vieja historia ésa de que los seres humanos sólo utilizan una quinta parte, pero no es cierto. Esa teoría se estableció hace unos cien años, cuando se empezaron a hacer pruebas con el cerebro y se descubrió que ciertas partes recibían percepciones sensoriales de los ojos, los oídos, el olfato, los músculos, y comprobaron que parte del cerebro recibía sensaciones, pero no daba respuestas, por lo que los científicos decidieron que aquellas partes que no respondían, no se utilizaban.

P. Creo que usted dijo una vez que los seres humanos estamos programados.

R. Yo escribo sobre ordenadores, que la gente dice que son distintos a las personas porque están programados. Mi respuesta es que las personas también lo están, aunque de una forma más sutil, compleja y versátil.

P. ¿Cree que estamos programados por un Dios?

R. Tengo que contestar a eso muy cuidadosamente. Mi creencia personal es que no, pero ésa es una cuestión de fe, igual que hay quien cree que sí lo estamos. Creo que cada uno elige la alternativa en la que se encuentra más cómodo. Yo me encuentro mejor con el sentimiento de que no hay un Dios, y que el universo funciona de acuerdo con sus reglas. Si pensase que hay un Dios tendría que preguntarme por la existencia del diablo, y eso me preocuparía muchísimo.

P. ¿Cree que existe vida extraterrestre?

R. Estoy escribiendo un libro sobre ese tema en este momento, que llamaré Vida extraterrestre. Y, sí, yo creo que hay vida extraterrestre. Probablemente existen incontables millones de civilizaciones tecnológicas en el universo. De lo que no estoy seguro es de que podamos ponernos en contacto, porque quizá no haya medio de viajar en el espacio con la suficiente rapidez para que resulte posible hacerlo de una estrella a otra.

P. De forma que usted no cree en esos «encuentros».

R. Se pueden concebir, pero no creo que se hayan producido encuentros todavía. Me gustaría tener algo más que simples especulaciones, contar con algo material, como por ejemplo un pedazo de papel o un botón que no haya sido hecho en la Tierra, alguna evidencia, ¿sabe? Pero la gente que dice que ha visto objetos volantes no aporta nada. También está el hecho de que la descripción que se da de esos objetos es muy parecida a descripciones dadas en malas revistas de ciencia ficción y que no tienen ni remotamente algo que ver con lo que la Ciencia actual ha podido hacer posible.

P. Pero se dice que los distintos gobiernos guardan en secreto cualquier detalle relacionado con los objetos volantes.

R. No puedo creer que los Gobiernos guarden secretos sobre ovnis porque creo que los gobiernos no consiguen mantener ningún secreto.

P. Bueno, quizá aquí…

R. Tenga cuidado… (carcajadas). Ah, bueno, olvidaba que ahora España es una democracia. Claro, se han pasado tanto tiempo sin ella…

P. Sí, tanto, que casi nos olvidamos a veces del cambio.

R. Bueno, yo creo que aquí, en Estados Unidos, mantener un secreto es absolutamente imposible, a pesar de que casi todo el mundo acusa al Gobierno americano de mantener secretos.

P. Hemos hablado de computadoras, ¿qué opina de HAL-9000, el robot que se rebela en 2001?

R. Esa es una de las razones por las que no me sentí feliz con la película, porque ahora se han roto las tres leyes, ya sabe, y se hizo para conseguir un argumento excitante.

P. Sí, resultaba conmovedor.

R. Yo estoy siempre del lado de los robots, y no me gustó ver a aquel robot pasándolo tan mal. Pero, claro, fue Arthur C. Clarke quien hizo el guión. Él es un buen amigo mío, y yo le dije: (Asimov pone voz solemne) “Has roto las tres leyes de la robótica”, y él me dijo: “¿Y a quién le importa”? (Risas).

UN HOMBRE QUE OPERA SOLO

P. Usted no tiene agente, ¿tiene secretaria?

R. No, yo soy hombre que opera solo, lo hago todo. Escribo yo a máquina, escribo los índices, contesto al teléfono…

P. ¿Cómo se arregla para escribir tanto?

R. Pues no sé, pienso rápido y escribo rápido. Lo he estado haciendo muchos años.

P. ¿Se considera usted brillante?

R. Sí, soy brillante, no veo la forma de negarlo.

P. Usted es conocido en España, pero todavía no es popular. Su público es sobre todo la gente más joven y una cierta élite quien sigue asiduamente la ciencia ficción.

R. En los años treinta pasaba lo mismo aquí en Estados Unidos: sólo le interesaba a la gente joven y a algunas personas mayores especialmente interesadas en la Ciencia. Pero creo que después de la bomba atómica, y especialmente después del lanzamiento del Sputnik, el interés por la ciencia ficción aumentó.

P. Usted escribió que los paseos por el espacio producirían en la gente una especie de euforia, y quince años después, cuando salir al espacio se hizo posible, los astronautas experimentaron exactamente las sensaciones que vaticinó. ¿Por qué se le ocurrió que experimentarían esa sensación de euforia?

R. Pues no lo sé. Aquello queda ahora lejos de mí. No voy en avión, no miro por las ventanas hacia abajo…

P. ¿Tiene vértigo?

R. Tengo acrofobia. Bueno, es difícil imaginar que yo pudiera pensar que estar en el espacio podría producir euforia, pero mi idea era que no había sensación de gravedad. Yo lo describía cerca de Saturno, desde donde el sol se ve muy pequeño, de forma que estaría en la oscuridad y sin gravedad, flotando, y debe de ser como estar de vuelta en el útero materno. De forma que imaginé que produciría una sensación de euforia, sin poder explicar exactamente por qué, no se querría volver a la vida, a la nave.

P. ¿Volver a la nave sería entonces tan traumático como resulta nacer?

R. Evidentemente. Porque cuando se nace, uno se ve arrojado al frío mundo.

CINCO VECES DON QUIJOTE

P. Y hay que empezar la vida llorando. ¿Qué hay después de la muerte?

R. Nada, como no hay nada antes de la vida.

P. ¿Qué escritores le gustan, leyó a Verne, a Wells…?

R. Sí, cuando era joven leía mucho, especialmente novelas y revistas. Pero tengo que decir que en los últimos 20 años no he leído ciencia ficción, porque he estado escribiendo tanto… Disfruto mucho, pero no tengo tiempo. Eso le ocurre a muchos escritores de ciencia ficción y es una pena. Convertirse en escritor profesional es también otra manera de volver a nace, es mucho más agradable sentarse y leer ciencia ficción. Afortunadamente, yo disfruto escribiendo, y como lo hago sobre muy distintos temas, nunca me aburro. Ayer escribí un cuento de ciencia ficción que será publicado en una revista llamada Nova, pero eso fue ayer. Hoy seguiré con mis extraterrestres inteligentes y mañana haré algo que podría ser aprovechado para el cine. De manera que cada día hay algo diferente, y nunca me detengo.

P. ¿Cuántos libros vendió el año pasado?

R. No lo sé, porque yo trabajo con más de veinte editores distintos, pero una vez traté de hacer el cálculo. No me sorprendería que se hubiesen vendido unos doscientos cincuenta mil de tapa dura y unos cinco millones en rústica.

P. Parece que no es hombre de una sola novela sino que la gente, digamos que sigue lo que escribe.

R. Sí, hay gente que me escribe diciendo que ha leído un libro mío y tratan de encontrar más, algunos antiguos.

P. ¿Tiene algún escritor preferido en su propio terreno, en la ciencia ficción? Por ejemplo, Carl Sagan publicó el otro día un artículo en el New York Times, y le menciona a usted cinco o seis veces.

R. Sí, somos buenos amigos. Entre los escritores de ciencia ficción me gusta Arthur C. Clarke, Clifford D. Simak, John Barley y Larry Niven. Y fuera de ella, por ejemplo en el terreno de misterio, me gustan las escritoras inglesas. Y al margen de todo eso, en mis años jóvenes leí mucho a Dickens, y puesto que usted es española, quiero decirle que he leído el Quijote por lo menos cinco veces, y cada vez lo disfruto más: sé exactamente dónde me voy a reír (y lanza una carcajada en honor de lo dicho). Se cuenta una anécdota de Felipe III, quien mirando por una ventana, vio a un estudiante que reía mientras leía un libro, y dijo: “Ese joven, o está loco o está leyendo el Quijote”.

P. Sí, es cierto que tenemos esa anécdota. Cervantes era, como todos sabemos, un escritor profundamente irónico, y usted, en ocasiones, tiene identificaciones con él en este terreno de la ironía.

R. En este universo no se tiene que ser español o pertenecer a una cultura determinada, hay algo muy humano. Quizá acabemos como Don Quijote, que quiso vivir loco y morir cuerdo. No lo sé.

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