CINE / Entrevista: Nadav Lapid, el cineasta más polémico de Israel

Ganó el Oso de Oro en el Festival de Berlín con “Sinónimos”, que acaba de estrenarse en la Argentina.

Nadav Lapid empezó a filmar a los 26 años, después de completar el servicio militar obligatorio en Israel y haber vivido un par de temporadas en Francia. Ahora, a los 44, es uno de los cineastas israelíes con mayor proyección internacional gracias a tres urticantes largometrajes, todos estrenados en la Argentina: Policeman (2011), La maestra de jardín (2014) y Sinónimos, que ganó el Oso de Oro en el último Festival de Berlín.

La película muestra las andanzas en París de un joven israelí, Yoav, decidido a dejar atrás a su país: se niega a hablar hebreo y a establecer cualquier tipo de contacto que la familia que dejó atrás. Es lo único que tiene claro. La historia, admite Lapid vía telefónica, tiene un dejo autobiográfico: “Yo me fui con intenciones de no regresar jamás. Tenía esa misma determinación: morir como israelí y renacer como francés. No tenía otros planes”.

Por eso al principio de Sinónimos, el protagonista -Tom Mercier, un ex campeón de judo que actúa por primera vez- está desnudo y al borde de la muerte: su despertar es como un renacimiento. “Puede gustarte o no, pero esta película no se parece a ninguna otra: para bien y para mal, es diferente”, dice Lapid y no queda otra que darle la razón: las actuaciones, los diálogos y el tono escapan a cualquier registro conocido.

-¿Por qué “Sinónimos” tiene un tono tan alejado del naturalismo?

-A veces tenés que superar el realismo para conmover. Tenés que crear lo cinematográfico de las situaciones y tocar algo profundo, lo cual no necesariamente se logra con el naturalismo. El comportamiento de los personajes es inusual, sí, pero de acuerdo a su propio sistema de creencias es racional. Como esa idea de Yoav de no hablar en hebreo: cree que está huyendo de un demonio y que el hebreo es el lenguaje de este demonio. Si seguís hasta el final tus creencias, lo irracional se vuelve muy racional.

-¿De qué está huyendo Yoav?

-Yoav mismo no puede decir de qué está escapando. Porque califica a Israel con todos los sinónimos de adjetivos negativos que puede encontrar en el diccionario de francés, pero no puede dar una razón precisa, un simple argumento para esa hostilidad, para odiar a Israel. Está movido por una pasión, un estado de la mente. Está escapando de lo que puede llamarse el alma colectiva de Israel. No está huyendo de una situación política, sino del ADN del país.

Yoav, con el sobretodo mostaza que no se quita en toda la película, junto a sus amigos franceses.

Yoav, con el sobretodo mostaza que no se quita en toda la película, junto a sus amigos franceses.

-¿Qué define a ese ADN israelí?

Una masculinidad tóxica: hombres fuertes con cuerpos musculosos y un patriotismo ilimitado. El ejército está en la esencia del país. Ese ADN puede ser encantador y atractivo: hasta Yoav se siente a la vez aterrorizado y seducido por él. Huye de la mirada dicotómica que muchos israelíes tienen sobre el universo: nosotros y los demás, los aliados y los enemigos, lo bueno y lo malo. La gente que piensa así no tiene dudas sobre Israel: ama nuestro país y odia a todos los demás. Yoav prefiere estar del lado de los de afuera.

“Sinónimos”: En busca de su identidad

-¿Por qué tiene tanta importancia el cuerpo desnudo de Yoav?

-Porque el cuerpo no se puede aniquilar. Es la contradicción en este proyecto que él tiene de abandonar su identidad israelí: él es atlético, atractivo y muy masculino, pero no por casualidad intenta destruir su cuerpo a lo largo de la película, comiendo poco y mal.

-¿Su negativa a hablar hebreo es la forma que encuentra para convertirse en otra persona?

-Para él incluso el sonido de las palabras en hebreo es venenoso, porque le impide despegarse de su identidad. La única forma de morir y renacer es adaptándote a una nueva melodía, un nuevo ritmo, nuevas sílabas. Para él cada palabra en francés es una pequeña victoria y puede ser una redención de su pasado.

-La película también es sobre ser joven. ¿Tener un servicio militar obligatorio hace que la adolescencia sea una experiencia aún más dura de lo que ya es?

-Seguro, porque mezcla todo de manera muy perverso: lo sexual y lo ideológico, lo nacional y lo privado. Mirás a los soldados y ves a un grupo de adolescentes que en lugar de estar ocupados en ir a bailar, forman parte de una fuerza nacional. En el momento en que te estás descubriendo como adulto tenés un arma en la mano.

-Viviste en París, pero volviste a Israel. ¿Cómo cambió tu mirada sobre el país?

-No cambió. La película trata sobre alguien que está intentando vivir en paz con su propio país. Yo sigo en ese camino. A pesar de que cuando viví afuera pude tener otra perspectiva, mi sentimiento básico hacia Israel es el mismo. Todavía siento una mezcla de intimidad y hostilidad, afecto y alienación.

-¿Cómo fue recibida la película en Israel?

-La aman o la odian, sin término medio. A los que más les gusta es a los jóvenes, que se sienten identificados. Antes del estreno, uno de los funcionarios del Ministerio de Cultura me dijo que quería ver si era a favor o en contra de Israel, y yo le dije que si lo descubría me lo dijera, porque yo no lo sé. Después de todo el protagonista, que es deseado y sexy, es un israelí, por más que quiera dejar de serlo. Cuando ganamos el Oso de Oro se generó un exitismo impresionante: muchísima gente fue a recibirnos al aeropuerto.

-¿Cómo ves el panorama del cine israelí actual?

-Tenemos apoyo estatal, pero últimamente estamos amenazados por la censura y algunos intentos por controlar el contenido de las películas. Aunque la sociedad es mayormente de derecha, el cine israelí tiende a ser de izquierda. No es inventivo a nivel formal, pero es bastante interesante en cuanto a lo narrativo, las historias que cuenta. Es un cine maduro, para bien y para mal. Israel es un lugar tenso, y la transformación de esa tensión en algo cinematográfico es interesante.

  • Clarín


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