Partidos políticos: Cascarones vacíos para la formación de una conciencia que vaya en contracorriente de la corrupta cultura política venezolana

Por Pedro Francisco Aranguren Gualdrón / @PedroAranguren

De paradojas están llenas las cosas del hombre. Por Ejemplo, se cree por lo general la gran cosa, muestra a todo dar el colmillo del orgullo en su paso renqueante por el mundo, siendo el orgullo la piedra de toque para que el hombre no pueda unirse con el hombre, para que la cooperación entre sí esté sostenida por la fragilidad, pero peor está el que no degusta la buena autoestima, anda por ahí renqueante, sintiéndose nada.

De allí entonces que todos recomienden la buena autoestima para que el ánimo pueda ser el combustible vital para que el hombre pueda resistir esa gran piedra de moler en que el mundo se convierte para el que vive por estos parajes.

Claro, roe mucho en la conciencia el saber, aunque sea a nivel somero en la conciencia, que vamos hacia la muerte, ese terreno incógnito, sobre el que imaginario religioso ha medrado mucho. De allí que es imperioso que el hombre deba llenarse de aire para poder resistir los embates del rudo mundo que lo rodea como la cuerda a la garganta.

Pero en eso los estoicos tenían razón, el mundo bate olas tan grandes que es necesario enfrentarlo, para mayor eficacia, con serenidad y paz interior, para poder planificar mejor por donde salir corriendo, porque hay rutas que son una ratonera.

El hombre emocional-como si hubiera hombres que no mordieran el polvo emocional-, vive entre la bulimia de la ansiedad y de sentirse poca cosa, hasta ese estado maloliente  de sentirse más que los demás, y entonces la pregunta pertinente sería lanzarla hacia el espacio de lo incógnito: ¿no podría el hombre labrarse otro destino emocional? ¿Ir más allá de sus límites?

 

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Si en algo creo es que el alma del hombre es plastilina, o lo que la ciencia cognitiva ha acuñado recientemente, neuroplasticidad, y por ende, sin límites, porque de hecho, con grandes y buenas experiencias está demostrado que se va engrandeciendo hasta límites asombrosos. Puede incluso ir más allá de emociones básicas como el miedo, y si no lo creen, que se lo pregunten a los tantos mártires que ha poblado este maravilloso globo terráqueo.

Pero la neuroplasticidad conlleva también una mala noticia, porque si el hombre se encierra en estrechos confines, puede llegar a rebuznar a la vuelta de la esquina. Puede ser víctima de miedos sistemáticos que hagan de él el propio esclavo. La ansiedad y el miedo, y todo estado emocional, puede convertirse en algo cultural, y salirse de esos falsos límites no es tarea fácil, una vez que se instalan en la conciencia colectiva. La psicología conductista ha enseñado tanto al respecto, a pesar de que muchos no quieran ver lo obvio, porque, desde luego, suena muy mal al pavo real que es el hombre, sentirnos que bien amaestrados podemos llegar a ser ratones experimentales.

El hombre es un claroscuro, atravesado por sombras y luces, y que bien activadas, las unas o las otras, podemos llegar a ser borregos o seres libres, lo más libres posibles. Creo mucho en aquella frase del Maestro: “la verdad os hará libre”. Si estamos claro en lo que somos o potencialmente en lo que podemos llegar a ser, eso nos alimentará para poder buscar el camino de la autosuperación y de esa manera superar nuestros propios límites.

 

 

Me llama la atención que en pueblos y naciones subdesarrolladas como las nuestras, venezolana, los partidos políticos, llamados a ser “vanguardia” de la sociedad, estrategia para superar nuestros desmanes, no sean faroles sino más bien, chiqueros donde campea las más bajas pasiones, todos sacudidos por el hambre de más poder interno y externo, porque si de algo sabemos es que el poder despierta las más bajas pasiones en el hombre, y si no hay clima que lo regule, con educación colectiva, llegamos a lo que Hobbes gritaba a los cuatro vientos, el hombre lobo del hombre y todo lo que consiga a su paso, y veamos lo que es hoy del Pdvsa: tierra arrasada por el mayor de los malandrajes de que ha sido víctima un país.

Si el hombre no se educa en la espiritualidad y se crea un sistema efectivo donde las sanciones y los premios sean los pregonados, entonces estaremos en la política y desde la política, no importa la ideología que se pregone, creando un vivero de delincuentes que llegado la hora de su poder arrasarán con todo a su paso.

Si a lo sumo que llegan los partidos, en algún tiempo, es a enseñarles conceptos a sus militantes, que no está mal, pero dejan la formación de la conciencia a la tierra de nadie, a que campee en ella la cultura política tradicional que concibe a la hacienda pública como botín de guerra, porque así pasó en los duros días de Juan Vicente Gómez, de Pérez Jiménez, en la democracia puntofijista y en la “revolución del siglo XXI”, en la que acabaron hasta con la gallina de los huevos de oro, Pdvsa, y sin ningún gesto que denote escrúpulo de arrepentimiento.

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Juan Vicente Gómez

 

Entrampados en esa cultura política, de que a mi no den sino que me pongan donde haya, los partidos “cascarones vacíos” en cuanto a formación de una conciencia que marche a contracorriente de la que campea históricamente en Venezuela, una cultura política corrupta, se dejan guiar en la práctica por el “dejar hacer, dejar pasar”, liberalismo puro para los más vulgares pillajes que sus militantes puedan cometer cuando arriban al soñado poder.

Es necesario un “Vuelvan caras” en este tópico de crear una contracultura que con sus estímulos propios de un sistema (con sus salidas y entradas, premios y castigos), dé al traste con una cultura donde prevale las lealtades del caciquismo, el compadrazgo y el amiguismo, cultura donde medra la corrupción, para que hagamos renacer una cultura política con base a una espiritualidad cristica que se contraponga a la cultura política corrupta que campea por estas calles, que necesita ser enseñada y aprehendida en un nuevo proceso político a fuego lento de una nueva formación política práctica,  pero que tiene como límites el cielo, incentivados por la necesidad de sacudirnos del yugo de un subdesarrollo secular desde que José Antonio Páez decretó la aparición de la República de Venezuela, por allá por 1830, instalándose con los militares- héroes la creencia de que la hacienda pública les pertenecía como hacienda propia, actuando en consecuencia,  metiendo mano a todo lo que se moviera en lo público, no respetando leyes ni patrimonio, porque todo pertenecía al héroe militar, la Venezuela misma.

 

Pero las culturas no son eternas, pueden ser transformadas, más lentas o más rápidas, dependiendo del proceso por el que pasen, y tienen como límites solo la inteligencia y la voluntad de quienes conscientes de la necesidad de transformación toman como norte esta alta misión, porque ya sabemos que debido a la neuroplasticidad del cerebro humano el límite del hombre es el cielo. Dios mismo, que no tiene límites.

El hombre, atravesado por sombras y luces, tiene que ser tocado (y estimulado) en su fuego sagrado para hacerlo despertar y entre en conciencia que salir de la corrupción es la base para alcanzar un desarrollo sostenido para todos los habitantes, pero sobre todo, para quienes hoy están relegados a la pobreza más oprobiosa.

Si no se sale de la corrupción no habrá prosperidad para todos, sino para un grupo de vivos que siempre se colean y hacen pingues fortunas a costilla del erario público. Esa vieja alianza entre políticos que gobiernan y los dueños del “cacao”, que se entronizó con Páez hasta hoy, en los tiempos del Socialismo Siglo XXI.

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Es de necesidad patriótica este “Vuelvan caras”, si queremos patria grande, si queremos romper con este lastre de miseria y de pobreza que nos persigue a pesar de tener una nación rica.

¿Pena de muerte? Si es necesario para salvar al país, habrá que hacerlo, pero para llegar a allá hay que resembrar una nueva conciencia colectiva, y es necesario que mucha agua pase debajo de los puentes de la política venezolana, donde hay una cultura altamente permisiva, en general, con la corrupción.

Tendría que haber en verdad una verdadera revolución de la conciencia.


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