SERIE / Más allá de Chernobyl: la catástrofe nuclear que sí protagonizaron negros

Si el mercado de la diversidad exigiera a los creadores una miniserie con víctimas de otras razas, sabed que la historia nos proporciona una catástrofe nuclear digna de ser dramatizada

Una guionista británica descubrió, haciendo gala de una agudísima capacidad de observación, la ausencia de actores negros en la serie ‘Chernobyl’. El desastre soviético no fue precisamente un crisol racial: la inmensa mayoría de los liquidadores que ofrecieron su vida o su salud para tapar el agujero radiactivo fueron hombres blancos. Sin embargo, si el mercado de la diversidad exigiera a los creadores una miniserie con víctimas de otras razas, sabed que la historia nos proporciona una catástrofe nuclear digna de ser dramatizada.

Sin el glamour masivo de Chernobyl, ocurrió al año siguiente un desastre atómico en Brasil que llevó a la tumba a cuatro personas, hirió a doscientas cincuenta e hizo necesario demoler varios edificios y levantar una zona enorme de terreno para descontaminarla. Pasó en Goiânia, capital del estado de Goiás, en el centro del país, y la revista Time lo catalogó como uno de los peores accidentes nucleares de la historia.

Accidente nuclear de Goiania, Brasil

Esta vez la fatalidad vino de la mano de la miseria. Los propietarios del Instituto Goiano de Radioterapia, una clínica privada abandonada en 1985, habían dejado en el local una enorme máquina de radioterapia con su correspondiente cápsula de Cesio 137 sin desmantelar. Roberto dos Santos Alves y Wagner Mota Pereira, dos chatarreros, se dedicaban a desmontar cualquier cosa abandonada y a vender las piezas al peso.

Un misterioso polvo blanco

Entraron en la clínica abandonada el 13 de septiembre de 1987 y dieron con una interesante mole de aspecto lucrativo. A martillazos desmontaron lo que pudieron: seiscientos kilos de piezas entre las que se encontraba el colimador nuclear. Las transportaron en una carretilla hasta la casa de Santos Alves, donde intentaron desensablar las piezas sin éxito. Todo lo que consiguieron sacar del colimador fue un polvo blanco de aspecto misterioso: Roberto dos Santos perdería un brazo días después. Vendieron las partes de la máquina al dueño de la chatarrería con quien solían hacer negocios, Devair Alves Ferreira, cinco días después. “Fue un robo lucrativo”, según la crónica de Eric Nepomuceno para El País, escrita mes y medio más tarde, cuando la catástrofe había alcanzado la celebridad.

El chatarrero Ferreira descubrió que algo brillaba en su garaje con un fantasmagórico resplandor e invitó a familiares y amigos a verlo

El funcionamiento de ese tipo de máquina de radioterapia depende del Cesio 137. Un brazo mecánico coloca sobre el paciente el dispositivo de irradiación, que contiene el colimador: una cápsula de acero y plomo con una pequeña ventana de iridio y la sustancia radiactiva en su interior. Como una cámara de fotos, el colimador gira para dejar al descubierto durante pequeñas fracciones de tiempo el Cesio 137: este irradia la parte oportuna del cuerpo del paciente brevemente.

Esa misma noche, el chatarrero Alves Ferreira descubrió que algo brillaba en su garaje con un fantasmagórico resplandor e invitó a familiares y amigos a verlo. Era la radiación de Cherenkov, un fenómeno que se da cuando la radiación nuclear, por ejemplo del Cesio 137, atraviesa un medio en el que la velocidad de la luz es menor que en el vacío: por ejemplo el agua. La humedad ambiental dio al polvo de Cesio esa luminiscencia azul tan bella y peligrosa que atrajo a los vecinos.

Un anillo mortal

Alves Ferreira consiguió extraer polvo luminoso de Cesio de la cápsula y trató de hacer con él un anillo para su mujer. Su hermano, Ivo, lo utilizó para pintarse una cruz en el abdomen, lo esparció por el suelo frente a su casa, a pocos metros; se lo llevó en las ropas hasta su granja, donde la mayor parte de sus animales murió. La hija de Ivo, Leide, de seis años, se cubrió el cuerpo con este polvo resplandeciente y fue a enseñárselo a su madre.

Pocas horas después, varios vecinos habían empezado a enfermar gravemente. Fue Gabriela María Ferreira quien guardó polvo de Cesio en una bolsa de plástico y la llevó en autobús a un hospital. Fue ella quien alertó a las autoridades y murió días después, pero no fue la única. Tras jugar con ese polvo blanco, la niña Leide morirá también por las terribles enfermedades del síndrome agudo por radiactividad un mes más tarde. La enterrarán, como a los otros tres fallecidos, en un ataúd de plomo que habrá que cubrir con cemento.

Tras jugar con el polvo blanco, la niña Leide morirá también por las terribles enfermedades del síndrome agudo por radiactividad

Durante varios días, el polvo radiactivo se había esparcido por toda la zona, contaminando a más de doscientas personas, así como sus viviendas y sus enseres. Las autoridades demolieron varias casas, aislaron a los enfermos en distintos hospitales y almacenaron dos centímetros de tierra superficial de una enorme extensión en barriles, que enterraron también bajo cemento.

Tendrían que pasar trece años para que la Comisión Nacional de Energía Nuclear de Brasil compensara económicamente a las víctimas y a sus familias, pero ninguno de los responsables de la clínica abandonada fue a prisión.

  • Fuente: El Confidencial


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