Joseph S. Nye: ¡La guerra de última generación! El estado actual de combate cibernético entre Estados Unidos y Rusia

“La respuesta de Estados Unidos a la ciberinterferencia rusa en la elección presidencial de 2016 ha sido débil. El presidente estadounidense Barack Obama había avisado a su par ruso Vladimir Putin que habría repercusiones, pero cuestiones de política interna relacionadas con la elección de Donald Trump impidieron una respuesta eficaz. Puede que eso esté por cambiar.
Hace poco, funcionarios estadounidenses reconocieron en forma anónima que Estados Unidos utilizó ciberoperaciones ofensivas para impedir que una ‘granja de trolls’ del Kremlin interfiriera en la elección legislativa de 2018. Aunque de esa clase de operaciones se habla poco, pueden indicar un modo de disuadir interferencias en la elección presidencial estadounidense de 2020.. Pero atacar granjas de trolls no será suficiente.
En la prevención de ciberataques, la disuasión mediante amenaza de represalias sigue siendo una táctica crucial, aunque subutilizada. Los sistemas eléctricos de Estados Unidos no han sido blanco de ataques, pese a que según informes, están infiltrados por China y Rusia. La doctrina del Pentágono es que ante eventuales daños se responderá con cualquier arma que elija el gobierno, y parece que en ese nivel la disuasión funciona..”

 

  • Por: Joseph S. Nye
CAMBRIDGE – La respuesta de Estados Unidos a la ciberinterferencia rusa en la elección presidencial de 2016 ha sido débil. El presidente estadounidense Barack Obama había avisado a su par ruso Vladimir Putin que habría repercusiones, pero cuestiones de política interna relacionadas con la elección de Donald Trump impidieron una respuesta eficaz. Puede que eso esté por cambiar.

Hace poco, funcionarios estadounidenses reconocieron en forma anónima que Estados Unidos utilizó ciberoperaciones ofensivas para impedir que una “granja de trolls” del Kremlin interfiriera en la elección legislativa de 2018. Aunque de esa clase de operaciones se habla poco, pueden indicar un modo de disuadir interferencias en la elección presidencial estadounidense de 2020. Pero atacar granjas de trolls no será suficiente.

En la prevención de ciberataques, la disuasión mediante amenaza de represalias sigue siendo una táctica crucial, aunque subutilizada. Los sistemas eléctricos de Estados Unidos no han sido blanco de ataques, pese a que según informes, están infiltrados por China y Rusia. La doctrina del Pentágono es que ante eventuales daños se responderá con cualquier arma que elija el gobierno, y parece que en ese nivel la disuasión funciona.

Es de suponer que también podría funcionar en la zona gris de la guerra híbrida, de la que es ejemplo la interferencia de Rusia en elecciones democráticas. Si, como se dice, organismos de inteligencia estadounidenses espían las redes rusas y chinas, es probable que descubran información delicada sobre bienes ocultos de líderes extranjeros; se podría amenazar con exponerlos públicamente o inmovilizarlos. Asimismo, Estados Unidos podría profundizar las sanciones económicas y restricciones de viaje aplicadas a figuras vinculadas con gobiernos autoritarios. Las expulsiones diplomáticas y acusaciones formales emitidas desde 2016, junto con las recientes acciones ofensivas, sólo fueron los primeros pasos hacia el fortalecimiento del poder de disuasión estadounidense basado en la amenaza de represalias.

Pero la disuasión no basta. Estados Unidos también necesita diplomacia. La negociación de tratados de control de ciberarmamentos es problemática, pero no por eso la diplomacia deja de ser posible. En el mundo cibernético, la diferencia entre un arma y algo que no lo es puede reducirse a una sola línea de código, o a la mera intención del usuario de un programa informático. Por eso sería difícil prohibir el diseño, la posesión o incluso la implantación con fines de espionaje de determinados programas. En ese sentido, el control de ciberarmamentos no puede ser como el que se desarrolló durante la Guerra Fría para las armas nucleares. Sería prácticamente imposible verificar la destrucción de arsenales, e incluso una vez verificada, sería muy fácil recrearlos.

Pero aunque los tratados de control de armas tradicionales sean inviables, debería ser posible prohibir ataques contra ciertos tipos de blancos civiles y negociar normas de conducta estrictas para minimizar conflictos. Por ejemplo, en 1972 Estados Unidos y la Unión Soviética negociaron un acuerdo para la prevención de incidentes marítimos con el objetivo de limitar conductas navales que pudieran dar lugar a una escalada bélica. Se podrían negociar límites por los que ambos países se abstengan de interferir en los procesos políticos internos de la otra parte. Aunque no se logre acordar definiciones precisas, ambas partes pueden intercambiar declaraciones unilaterales sobre áreas en las que ejercerán la autocontención y establecer un proceso consultivo que permita limitar eventuales conflictos. Ese procedimiento podría proteger el derecho de las organizaciones no gubernamentales democráticas a criticar a gobiernos autoritarios y al mismo tiempo crear un marco que limite posibles escaladas intergubernamentales.

Los escépticos dudan de que un esquema semejante sea posible, dadas las diferencias de valores entre Estados Unidos y Rusia. Pero diferencias ideológicas todavía mayores no impidieron el logro de acuerdos prudenciales durante la Guerra Fría. También dirán que Rusia no tendría motivos para acceder, porque allí las elecciones no significan nada. Pero olvidan la amenaza potencial de represalias de la que se habló antes: por su condición de democracia abierta, Estados Unidos tiene más que perder en la situación actual, y por eso, no debería dejar de defender su interés en desarrollar una norma de contención en esta área gris.

Jack Goldsmith, de la Escuela de Derecho de Harvard, sostieneque Estados Unidos debe trazar una línea basada en principios y defenderla. Esa defensa debería incluir la admisión de que Estados Unidos también interfirió en elecciones, la renuncia a esa conducta y la promesa de no reiterarla. Estados Unidos también debería reconocer que no deja de usar ciertas formas de explotación de las redes con fines que considera legítimos. Y habría que “enunciar con precisión la norma que Estados Unidos promete respetar y que los rusos han violado”.

No sería un desarme unilateral por parte de Estados Unidos, sino trazar una línea entre el poder blando admisible de la persuasión declarada y el poder duro de la ciberguerra encubierta. No se prohibirían programas y medios de comunicación que operen en forma abierta. Estados Unidos no cuestionaría el contenido del discurso político declarado de Rusia, incluido el uso propagandístico de su red de televisión RT; pero sí cuestionaría que Rusia promueva sus ideas por medio de conductas encubiertas organizadas, por ejemplo la manipulación de las redes sociales en 2016 o la divulgación de correos electrónicos robados..

Es común que actores no estatales actúen como intermediarios de estados, en diversos grados, pero las normas exigirían su plena identificación. Y como estas nunca serán perfectas, deben ir acompañadas de un proceso consultivo que establezca un marco para la advertencia y la negociación. Es improbable que dicho proceso, incluso sumado a amenazas disuasivas más fuertes, ponga fin a todas las interferencias rusas; pero si reduce su nivel, puede fortalecer la defensa estadounidense de su democracia.

En vista de la mala situación de las relaciones rusoestadounidenses, con Putin que alardea de tener nuevas armas nucleares, el clima para un acuerdo no es prometedor, aunque hubo indicios de que los rusos pueden estar interesados. Además, las divisiones partidistas en la política estadounidense en torno de la legitimidad de la relación de Trump con Rusia también dificultan las negociaciones. Pero si ambas partes quieren evitar una peligrosa escalada, estas posibilidades podrían explorarse en el contexto de un diálogo profesional o de ejército a ejército. O tal vez la idea tenga que esperar hasta después de la elección de 2020.

Traducción: Esteban Flamini

Joseph S. Nye, Jr., is a professor at Harvard University and author of Is the American Century Over? and the forthcoming Do Morals Matter? Presidents and Foreign Policy from FDR to Trump.


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