Samuel Hurtado: País extraño como oficio y desvelo de un sentimiento

*Por Samuel Hurtado

En este país, en este tiempo cuya pesadumbre

    se dibuja en lápidas de mercurio,

voy a extender mis brazos y penetrar en la hierba,

voy a deslizarme en la espesura del acebo para que

    tú me adviertas, para que me convoques en la

    humedad de las axilas.

Aún hay luz sobre las ramas abatidas y mi valor se

    descubre en sílabas en las que tú y los rostros

    actuáis como gránulos silvestres,  

como espermas excitadas hasta penetrar en la bujía

    del sonido,

hasta sumergirse mi cuerpo en aguas que no palpitan,

………..

Yo haré con los príncipes una destilación que será

    nociva para ellos pero excitante y dulce en la

    población como lo es el zumo reservado en

    vasijas muy oscuras

…………

En este país, en este tiempo cuya pesadumbre se

    dibuja en lápidas de mercurio…

Antonio GAMONEDA. “Descripción de la mentira”. Antología poética,

Madrid: Ed. Alianza, 2008: 120-121, (pequeño fragmento).

Tiempo pesado de país. País apesadumbrado por el tiempo.

— ¡Qué gordo y pesado se ha vuelto  el país!

—Ya parece que no nos reconocemos en él…

—Tanto que ni deseamos, a veces ni podemos hacerlo.

— ¡Todo es confusión en el país,… un país desorientado!

—Al menos tú escribes para entenderlo y explicarlo.

En esta andadura del país, se debatía la reflexión de los vecinos.

Como es tiempo de diciembre, Navidad y la fiesta cultural de la madre en Venezuela, quise hacer un ejercicio de comparación de los sentimientos de país mediante una experiencia vieja, anidada en el recuerdo.

Valladolid 1982. Pasé las navidades y año nuevo en la capital de Castilla y León; ocasión que me produjo un encontronazo cultural. Acostumbrado a la fiesta venezolana, en Castilla no lograba acoplarme a gusto. Ni el ambiente de familia, la propia, compensaba la diferencia, ni las hallacas que como obsequio me preparó, para llevar a mi familia en España, una gente del barrio de Los Postes de Caracas, me ayudaron a sentir esa satisfacción. Más bien sentía un faltante de país fuera de Venezuela en tiempos de diciembre y Año Nuevo.   

Resultado de imagen para costumbres venezolana en diciembre

Extrañaba al país por su mejor ausencia: su atmósfera de sociabilidad. Recordaba mi sentimiento de país propio, cuando me cultivaba con la gente del barrio, con sus fiestas domésticas, como invitado a su mesa hogareña, en los obsequios -para llevar a mi cuarto alquilado- de hallacas, dulces de lechosa, un pedazo de torta negra, a veces un platico con pernil envuelto en servilleta de papel. Mi gratitud social se me devolvía con autenticidad en aquella economía de reciprocidad.

— ¡Qué días aquellos! (sin nostalgia, por favor)

— ¡Hoy día parece que vino una ventolera que hizo polvo al país!

 

Recordé a Rómulo Gallegos cuando en su novela de Doña Bárbara, hace que, en un recodo del paisaje de la región de Los Llanos, ocurriera una ventolera para traer a la imaginación de los semi-bárbaros llaneros, el espejismo de la civilización en la imagen del humo de la máquina del tren. Pasó la ventolera y su polvo, pero quedó el espejismo en la llanura como un deseo espectral del país en advenir.

 

El tiempo es un invento que los humanos endilgamos a las cosas, y con ese molde les damos forma de sentimiento: las producimos de una forma, las deformamos de otra, las caricaturizamos como extrañas, o las desaparecemos como polvo informe. Hemos entrado en la andadura del siglo XXI desorbitando el tiempo, y con ello, entre las cosas, el país. Ya, como un gran ritual, el tiempo de Navidad (diciembre) comienza en noviembre, y algunos pretenden que el jolgorio mercantil y de espejismo cultural comience de una vez en octubre.

¡Banalización del tiempo (y del país, de corrido)!

Resultado de imagen para costumbres venezolana en diciembre

Todo por una prisa loca y edénica, de adelantar forzadamente el futuro con el ritual del cargo. Es decir, quemar o destruir los tiempos diluyendo el futuro al que se quiere llegar como por asalto del cielo. Las ansiedades culturales juegan una mala pasada debido a su ilusionismo.

Cada vez más el tiempo se extraña de sí mismo y nos causa una pesadumbre ansiosa en nuestra vida republicana debido a la ausencia de país. La realidad, y uno mismo, queda entrambas aguas en un país de nadie (tierra de nadie, dice el argot de cultura conuquera). Si nos encontramos (fuera de nadie) es en la catarsis del humor o en la intuición de la caricatura.

Rayma que nos ha escuchado inventó rápidamente una caricatura y nos la envió por la puerta de atrás en tres globos:

— ¡Extraño mi ciudad, mi casa, mi familia,

      mis amigos, mis hábitos,

      mi vida!

— ¿Y tú dónde estás?

— ¡En mi país!

 

Zapatazos que lo lee por el twiter le replica a su colega caricaturista:

— Así nos sentimos todos  ¡Bravo, Rayma!

 

La caricaturista debió sentirse satisfecha con la resonancia de su colega Zapatazos.

 

Existen otros pensantes que salen por otra tangente augurando que “nada vence la fuerza de una idea cuando le llega su tiempo ¡unidad!” (José Paliza, @) ¿Cómo vamos a realizar esa idea de un tiempo propio, el de construir un país propio cuando la etno-cultura es como tal “destructiva”? (José Ignacio Cabrujas, 2003).

 

Porque creemos que somos como todos los países que derrotados se levantan desde su nada, y con el escarmiento aprendido llegan a ser potencias mundiales. Así ocurrió con Japón, después de su hecatombe nuclear y sin recursos naturales. Así también con Europa, devastada por dos guerras mundiales. Pero eso no se repite con Venezuela, que sin pasar por una guerra, ni destruida por un terremoto, tsunami o peste alguna, y para colmo con todos los imponderables recursos naturales en su haber, va camino de catástrofe en catástrofe cada vez más extrañada de sí misma.

 

— ¿Qué queda del país para siquiera poderlo soñar como propio?

— ¡Sin más remedio, lo que queda es su gente y su cultura!

— ¿Qué le pasa a su gente que le huye dándole la espalda como emigrante o vive en la

inopia como si no pasara nada, y como cosa normal sólo se mueve en la queja?

Todo depende de la organización social que se desenvuelve sin reciclar en ella los esfuerzos del trabajo y de la riqueza producida. Como siempre el resultado final colinda con la pérdida de los recursos (naturales y sociales) y con la pérdida del país mismo como desahucio de extrañamiento.

 

Pero si cada uno de nosotros somos buena gente, y procuramos lo mejor para cada uno, sin daño ajeno… Pero esa medida individual no es suficiente para proyectarse con efecto en la medida colectiva. Y lo negativo es que aún lo mejor de cada uno está enmarcado en “los bordes del caos. Y eso es peor que una guerra civil” (Juan Liscano, 2015). Cuando el caos es convertido en política de un estado (fallido) se obtiene un resultado aún peor, esto es, una violencia generalizada.

 

Cada vez más se hace imposible el ejercicio del reconocimiento de lo propio, –supuesto básico para el reconocimiento del otro (Savater, 113-129) — para que se pueda tener el reconocimiento del país en positivo. Es más, la cultura matrisocial, el cómo somos, nos conduce a un estado regresivo tal que no logramos ni el deseo, aún el más simple, como capacidad para comenzar la salvación de ese sentirse como extraños en el propio país (Cf. La Boétie, 22).

 

Como recolectores de estructura social y de cultura del placer matrisocial, pronto nos acomodamos a lo que nos depare el tiempo. Aceptamos vivir entre la basura, en el degredo, en la enajenación de lo propio, como situaciones sociales normales.

 

Si todo “pueblo es muy propenso a dejarse seducir, y con bastante frecuencia se engaña él a sí mismo” (La Boétie, 30), el pueblo venezolano se halla en el mejor extrarradio para caer en la seducción de toda promesa con aire de ilusionismo, sin contar con que él mismo la espera con tal ropaje de coba debido a que padece de “una combinación de depresión y de ansiedad” (Guevara en Prodavinci).

 

¿La psiquis del venezolano es por eso muy diversa, como dice Guevara? La diversidad no es el problema final. Es necesario evaluarlo en las claves de la cultura, según la manera sociológica de evitar el círculo vicioso de la auto-referencia; así se obtiene que el problema es que dicha psiquis se encuentra en el molde de un complejo cultural  definido por una contradicción en los criterios del sentido de su acción o hacer: impone como norma la recolección (robo, saqueo, violación, aún a paisanos, conocidos y vecinos) y por otro lado, impone la norma de la ayuda de reciprocidad al recolectado (robado, saqueado, violado). Porque la cultura matrisocial que se porta, no aguanta el estado de víctima.

 

Esta contradicción conduce a vivir el tiempo en presente con carácter regresivo, y en las circunstancias de la andadura del siglo XXI, de un carácter “regresivo brutal (con el que) hemos ido a parar a la época de lo titánico, en un momento donde no hay ley, no hay orden, no hay límites. Somos hordas de personas que vamos comportándonos de la misma manera, sin juicio crítico de nuestros actos” (Guevara en Prodavinci).

Resultado de imagen para calles de caracas

Lo recolector del rancho y conuco y lo permisivo matrisocial con resultados de lo mágico-divinal nos salen a borbotones, si no lo reducimos desde lo mejor de nosotros mismos. Hay intentos de esa reducción en las andaduras históricas del país con la emergencia de las instituciones sociales; pero se hizo con la fuerza bárbara de “tiempos gomeros” (dictaduras y democracias presidencialistas), por lo que pronto del orden bárbaro (que urgimos) pasamos al desorden mágico-divinal (que invocamos nuestra constitución originaria). El individualismo primario que nos moldea, permanentemente “corroe todos los proyectos y se lamenta complacido” (Briceño Guerrero, 9), es decir, corroe el oficio del proyecto de país con gusto placentero.

 

Parece que todo pueblo no aprende sino con el peor de los tiempos: el escarmiento; con esta ocasión, los intelectuales obtienen el mejor tiempo para aprovecharse y escribir: de este modo se adueñan de la historia del pueblo (Pérez-Reverte, 2018).

 

Ojalá el pueblo venezolano acepte el escarmiento y aprenda a ser dueño de su país haciéndolo propio, y que la escritura del intelectual sea devuelta al pueblo para que no sea una escritura extraña. Este sería el mejor oficio de salvar a un país de su sentirse extraño a sí mismo y a su gente. Como refugiado “en mi país” Venezuela, he de advertir sobre las falsas extrañezas, porque algo pesado está llegando, y la pesadumbre está viniendo de todos los sitios: políticos (gobierno y oposición), económicos (crisis de producción-mercado y de hambruna), culturales (ilusionismo y enajenación), ideológicos (conciencia mentecata con alta dosis de estupidez y fracaso). En las señales pesarosas se inmiscuyen la opresión y la represión que golpean a la gente también desde todos los sitios.

 

Sin que pretenda cambiar la mentalidad de nadie, de dentro del país y del emigrado fuera del país, quiero decir: Cuidado con las ilusiones, las indolencias y los autoengaños. Lo extraño que unos y otros hemos hecho del país venezolano puede costar, está costando ya muy caro, casi, casi, con pérdida total del país.         

 

* Samuel Hurtado Salazar es Sociólogo, Antropólogo, Ms. En Antropología Social y Doctor en Ciencias Sociales. Coordinador de Línea de Investigación en el Doctorado en Ciencias Sociales, Universidad Central de Venezuela, donde es Profesor Titular. Ha publicado 16 libros: los últimos títulos: Agresividad escolar e instalación del Edipo cultural en Venezuela,  y El Animal Urbano: Espacio y proyecto de sociedad en la ciudad de Caracas. Se encuentran 5 en espera  de su publicación.


Loading Facebook Comments ...