Samuel Hurtado: País de la vergüenza malograda

El otoño se expresa en pájaros invisibles ¿Que harías tú si tu memoria estuviera llena de olvido,      qué harías tú en un país al que no querías llegar?

Pesan las máscaras de la pureza, pesan los paños  sobre las formas de la patria.

La vergüenza es la paz. Yo acudiré con mi vergüenza. Antonio Gamoneda: “Descripción de la mentira”.

Antología Poética, Madrid: Ed. Alianza, 2008, 140 (Fragmento breve). Selección e introducción:

Tomás Sánchez Santiago.

Subíamos la carretera Panamericana. Recortábamos las curvas; a los huecos los hacíamos a un lado. No salíamos de la vía rápida; carros y motos que querían adelantar, se apuraban por la derecha. Íbamos con la lógica narrativa del país: con su contracorriente de anormalidad social.

Esta vez conducía mi señora; yo observaba distraídamente la espesa vegetación de la montaña en la estación lluviosa, como si fuera un otoño tropical. Mi pensamiento sacaba consecuencias:

-¡Si cada recodo de este país, brinda el obsequio de un escenario turístico…!

Entonces me sobrevino un sentimiento de vergüenza, una vergüenza de país. Tan hermoso en su naturaleza y tan postrado social y políticamente. Las carreteras, las calles con sus aceras, lucen abandonadas. Como si el país mismo se hubiera ausentado, con los cuerpos cívicos ajenos al dolor de sus gentes[1].

-¿Es posible que exista un país que no merezca el dolor de sus habitantes?

En la radio de mañana, una señora denunciaba que hace meses no tienen agua, después se les ausentó la luz (eléctrica), y ahora se les fue el gas, sin saber cuándo se dispondría de él: Si tienes una cocinita eléctrica y se va la luz, te quedas sin poder cocinar, remataba la señora.

¿Y cómo vamos a comer las arepas?

Al llegar a San Antonio de Los Altos, tuvimos que afrontar los hondos huecos que cruzan la carretera, las rejillas de las alcantarillas en el arcén levantadas, el pantano que remojaba el asfalto lleno de fango frente al Centro Comercial de Las Américas. Sólo servía un canal. Problema viejo con el que uno no puede reconciliarse aun amando lo mejor con que sigue existiendo el país.

Habíamos hecho la compra en el mercadito a cielo abierto en el estacionamiento de la alcaldía de Los Salias, y procuré que el calor de mediodía no afectara el pescado y las verduras. Ahora puesto al volante a mitad del camino enfilé el carro a velocidad por la recta de Las Minas. Antes de hacer el descenso a la ciudad de Los Teques, otra vez me sobrevino la ensoñación recortando curvas, birlando huecos y respetando las luces rojas del semáforo de Montaña Alta. 

Otros carros no atendían al semáforo y se escapan veloces carretera adelante.

-¡El país anda medio loco! Ahora hay existencia de productos, pero el dinero no alcanza a correr al ritmo de la hiperinflación!

¿Volverá a curarse alguna vez el país? No sé cómo, porque la cultura matrisocial colabora para caer en la estupidez, y ésta sí que no se cura.

Pensar que en esta situación vergonzosa del país, dicha cultura que porta el venezolano, se presta como corriente a favor para que la estupidez haga fracasar a la sociedad… Porque cómo dejar de lado que, junto a los responsables de las instituciones (que tienen identificación personal con sus nombres y apellidos), esta situación vergonzosa ha ocurrido con el consentimiento del mismo pueblo venezolano, y no un consentimiento en frío, sino activo y caluroso de aplausos…

Me vinieron a la mente las cifras de la encuesta de Datanálisis, la de un hombre tan juicioso con su voz de falsete cascado, Luis Vicente León, cifras colocadas en el twiter del día 8 de noviembre de 2018: solamente trabaja y produce (sic) el 15% del país, el otro 85% espera vivir del gobierno y sus dádivas. Las cifras sobre política pueden tener una interpretación guabinosa, porque todo pueblo quiere vivir en paz y huye del conflicto. Pero aquellas cifras de la economía son cifras duras y firmes, corroboradas por el comportamiento cultural del venezolano.

¿Ha fracasado el gobierno y el estado o ha colapsado la sociedad?

Porque lo que nos queda es un jefe personalizado, según su declaración de Ejecutivo: “A los dos meses de aguinaldos, yo les puedo dar de aguinaldo un mes más”. Algo así como si se portan bien, aún el hambre se lo administro yo.

-¡Qué vergüenza de país!

La costumbre populista se ha radicalizado bajo la personalidad de un mandamás, como el amo del país. En estas condiciones, el gobierno ha fracasado y el estado mismo, porque antes ha colapsado la sociedad. Ésta ha seguido la complicidad en que se dejó meter con las promesas seductoras de las dádivas, que hacen esquivar el trabajo y la riqueza hacedoras de la existencia de un país. Trabajo y riqueza que son signo y resultado de la organización de la sociedad.

Y recursivamente, sin sociedad, como un empeño inventado por los seres humanos, no es posible el trabajo y ni la riqueza para que un país exista.

A este empeño e invento instituido socialmente, se opone otro empeño en Venezuela, el de la cultura matrisocial, que deniega de todo invento  instituido bajo la norma a cumplir para que todo marche en beneficio de todos. Si no fuera de todos, entonces hay que impugnar ese proyecto. Como la cultura matrisocial se define por el placer y comodidad, la impugnación tiene dificultades en constituirse. Porque nos gusta vivir a la brava, a lo que sólo me favorezca a mí, y me salto el cumplimiento de la ley, porque ésta se convierte en la enemiga de mis intereses personales. No importa que abuse, eso es señal de mi poder; no importa que sea indolente y desuse las cosas para no meterme en problemas que no me importan…

Sigue así un empeño antisocietal, orquestado por una mente de conuco recolector, confirmado por un consentimiento matrisocial o permisividad indolente, en correspondencia con un resentimiento (edípico) puesto a relucir por la política de la llamada revolución bolivariana.

Se piensa que los recursos naturales de carácter minero (petróleo, oro, diamantes, coltán, y todo lo expresado en el Arco Minero) van a salvar o curar al país de la estupidez, y eso está negado por la historia y la antropología.

-¿Se puede ser sociólogo en un país con la vergüenza malograda?

Uno se lo imagina como posible, pero adquiriendo el papel de un sociólogo pensándose en el exilio dentro del país. Como alternativa sería hacer sociología de enclave como en un gueto, casi sin saber que el conocimiento sociológico interesa al país como aporte a su existencia. Pero sería la forma de tomar aire con el amor a lo que uno hace, a lo que concurre y a lo que asiste.

Uno hace (produce) los mejores cambures (bananas) del país en las tierras altas de montaña en Los Teques (honda generosidad de la tierra venezolana cuando uno la ama).

Uno concurre a los grupos de amistad con colegas de la academia (hermosa red de convivencia cuando uno se cultiva con la gente venezolana).

Uno asiste a eventos de música de guitarra en homenaje al gran guitarrista guayanés, Antonio Lauro, organizados por mi comadre, también guitarrista profesional (aguda sensibilidad del gusto con el desempeño super-artístico del venezolano).

Todo para no reconciliarme con los desperdicios que genera la política revolucionaria bolivariana. Ésta también nos ha robado el trabajo y el dinero de la riqueza, dejando al país en estado vergonzante.

Vergüenza que nos hacen pasar los productos importados, procedentes de imperios, el decrépito (Rusia) y el socialista de capitalismo salvaje (China). Productos de baja calidad con rápida vocación de chatarra: coches, lavadoras, bombillos, brochas de afeitar (chinos) y equipos militares (rusos) de segunda mano, de próximo desuso y desactualizados. Es la vergüenza del país de que lo barato sale caro.

Estado vergonzante cuando las señales son la exposición a la muerte de los que nacen (niños) y de los que están a punto de entregar su vida de trabajo (ancianos) por falta de medicinas y alimentación. Son señales de la baja calidad de país, como también lo son el trato a los presos y a los locos.

Así nos quieren vender el país del hombre nuevo, cuando esa idea procede de un falsificado préstamo sonsacado de la verdadera teología cristiana, y convertido en falso mito que es lo peor que puede sonar en el entendimiento de un antropólogo.

Algún día la fuerza de las cosas volverá a adueñarse del país venezolano, y éste desembozado de  su desvergüenza, se levantará sobre sí mismo[2] para ver de su honor y vergüenza desgajados.     



1] “El cuerpo que acepta el dolor está en condiciones de convertirse en un cuerpo cívico, sensible al dolor de otra persona, a los dolores presentes en la calle, perdurable al fin –aunque en un mundo heterogéneo nadie puede explicar a los demás qué siente, quién es. Pero el cuerpo solo puede seguir esta trayectoria cívica si reconoce que los logros de la sociedad no aportan un remedio a su sufrimiento, que su infelicidad tiene otro origen, que su dolor deriva del mandato divino de que vivamos  juntos como exiliados” (Richard Sennett, Carne y Piedra. Madrid: Editorial Alianza, 1997, 401).

[2] Esta formulación ética del deseo de ser nutre nuestra esperanza.

* Samuel Hurtado Salazar es Sociólogo, Antropólogo, Ms. En Antropología Social y Doctor en Ciencias Sociales. Coordinador de Línea de Investigación en el Doctorado en Ciencias Sociales, Universidad Central de Venezuela, donde es Profesor Titular. Ha publicado 16 libros: los últimos títulos: Agresividad escolar e instalación del Edipo cultural en Venezuela,  y El Animal Urbano: Espacio y proyecto de sociedad en la ciudad de Caracas. Se encuentran 5 en espera  de su publicación.

Para compra de libros ponerse en contacto por correo: [email protected]

Blog spot  Samuel Hurtado

Haga clic aquí:   Pensamientos Antropologicos


Loading Facebook Comments ...